domingo, 28 de marzo de 2010

En Lo Que Me He Convertido... //

Hacía ya varias noches que aquella estrella no le susurraba nada. No importaba que él saliera y la saludara cada noche, que la mirara con el mismo amor con el que siempre la miró, la estrella se mantuvo en silencio. No dejó salir ni el más mínimo suspiro, ni una gota de esperanza, ni un rastro de amor...
Todos sus pequeños rituales, sus evocaciones, sus recuerdos, las fotos, las canciones, frases, e incluso toda la fé que le podía dar el amor que sentía, se desplomaban a sus pies. Ardían hasta quedar sólo cenizas cada noche, y como el ave fénix, con la estúpida idea de que la esperanza es lo último que muere, renacían a cada amanecer. A diario, él se preguntaba dónde estaría ella, y en qué estaría pensando... Sabía que no era en él, pero aún así, la curiosidad lo asediaba a cada segundo... ¿Se acordaría, al menos por dos segundos, de él en algún momento? ¿Acaso no había nada en este mundo que hiciera que ella lo recordara como el fiel amante que siempre fue?
Y ahora, todos sus planes estaban deshechos. No podía ni siquiera dirigirle la mirada, porque ella la evitaba. No podía dirigirle una palabra de amor, porque ella no la oía. No podía ya tocar su piel ni perderse en sus ojos, porque todo estaba demasiado lejos de él. Tan inalcanzable como imposible.

Ahora él debe vivir con sus recuerdos, tragarse esa serenata interminable que pensaba regalarle, plasmar sus palabras, que ahora parecían sin sentido, en un simple pedazo de papel que ella ya nunca leería... Compartir su vida y su habitación con la soledad que ella le regaló, y que es ahora lo único que él tiene. Extrañándola como a nada, amándola en silencio y en secreto, espiándola cada mañana, robando un poco de cada sonrisa suya para construir poco a poco un buen recuerdo de ella. Ahora en eso se había convertido: en un ladronzuelo de sentimientos, de miradas, de sonrisas, que ni siquiera le pertenecían a él. Ahora pertenecen a alguien más, y el no podía soportarlo. Tenía que robar aunque fuera lo más mínimo de cada suspiro que ella dejara salir, tenía que capturar un poco de las risas que ella expulsaba. Tenía que mantener en su cabeza el aroma que dejaba caer cada que pasaba a su lado, sin siquiera mirarlo. Era un pequeño ladrón...

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Si estás ahí, escúchame. No es necesario que me respondas. Solamente escúchame, y escucha que te amo. Escucha que mi corazón late cada vez más lento, que mi respiración es cada vez más pausada. Escucha mi voz cada vez más frágil, escucha el sonido de mis lágrimas contra el suelo cada noche, y la estrella que alguna vez me regalaste es testigo. Escucha mis lágrimas consumirse en la tela de mi almohada... Sólo escúchame, no es necesario que respondas... Escucha en el silencio mis gritos desgarradores; mis sueños, que son sólo eso: sueños. Escucha mis pesadillas... Escúchame, no es necesario que respondas...

Te extraño tanto.....

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