Hoy, me sentí arropado por la eterna oscuridad de la noche. Tomándome una copa con la soledad, mi antes desaparecida amiga, quien me visita cada vez más frecuentemente, me preguntaba dónde estoy parado, o qué estoy haciendo... ¿Por qué disfruto tanto el mirar mi agonizante reflejo en el espejo, sufriendo y cayendo en pedazos, como el masoquista que siempre he sido? ¿Por qué el sofocante eco del silencio grita y repite nombres que no tienen ningún sentido para mí?
Hoy sé que la indecisión y la duda son mis más grandes enemigas. Hoy sé que la sospecha, espía de la descofianza, no es buena aliada ni buena compañera. Y sin embargo, disfruto tanto de su presencia... Sé que mis pensamientos están atrapados dentro de la bruma del pesimismo; mi cuerpo y alma con las cicatrices visibles de los ataques salvajes de la tristeza y la depresión, que atacan y dañan al cuerpo, pero con sus fauces destrozan al corazón...
Hoy me doy cuenta que vivo en mi propia sombra, que me escondo del sol y de la luz, que no encuentro el sentido del camino, que el viento me susurra pero no quiero escucharlo por miedo a saber mi propia verdad. Hoy me doy cuenta que sufro y lloro, que vivo y muero, que respiro veneno a cada momento sólo porque así lo he decidido, sólo porque así me gusta vivir, por el terror a salir a enfrentarme conmigo mismo en una batalla que podría destruir mi mundo, destruirme a mí, pero al mismo tiempo, ganarme y convertirme en mi propio vencedor, en mi amo, en mi domador. Hoy sé que soy solo un pequeño por ciento de lo que puedo ser porque me lo repito a cada momento, como el masoquista que siempre he sido...
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